domingo, 17 de febrero de 2013

Capítulo 1 (primera parte)

Aviso, antes que esto hay un prlogo, por favor, leer el prologo antes (no como algunos que
 se lo saltan). Forma parte de la historia y es importante para entender las cosas.


Capitulo 1


¿Quién era él? ¿Dónde estaba? Le dolía la cabeza, el cuerpo, la mente, todo. Poco a poco se serenó y eso solo le ayudó a darse cuenta de hasta donde llegaba la situación. Se levantó aterrado, ya no le preocupaba los dolores, si no el hecho de que  estaba totalmente perdido. Miró a su alrededor, se encontraba tirado en la hierba. No había nada a su alrededor, nada. Una enorme pradera que se extendía kilómetros y kilómetros sin un solo árbol, una persona, un animal, ni siquiera una pequeña colina que acabase con la gran extensión de terreno llano.
Se percató de que iba desnudo, completamente desnudo. Como no pasaba nadie comenzó a caminar, al principio con pudor y después corrió feliz por la pradera, sintiendo como las palmas de los pies tocaban la tierra. La humedad del suelo y las flores se adhería a él, era como un recién nacido, feliz, sin preocupación alguna, sin recuerdos, sin conciencia por nada, libre por completo y el mundo se extendía frente a él. No había pensamientos impuros que ocupasen su mente pues nada había que recordar ni que pensar. Su cuerpo era flexible bien formado y obedecía bien sus órdenes, no sentía ningún tipo de dolor ni de necesidad, todo, todo y nada eran para él lo mismo, pues todo y nada le pertenecían. Ningún hombre jamás ha debido sentirse así y el no era consciente. Como un niño se tiró por el suelo, rodó por la jugosa hierba y rió con el sonido que producía el viento cuando corría de frente, enfrentándose a él. Jamás, nadie ha experimentado esa sensación. Jubilo, un júbilo puro y sencillo, nada que otros puedan envidiar, porque nada había más inocente que aquel muchacho que corría libre por la pradera. La curiosidad se apoderó de él ¿Cómo era su cuerpo? ¿Cómo era él? ¿Por qué el sol brillaba con aquella intensidad calentando su cuerpo de una forma tan apasionada? ¿Por qué las nubes flotaban en el cielo creando formas maravillosas? ¿Por qué las flores relucían con sus colores? ¿Por qué todo desprendía aquel olor a eterna primavera? 
En su mente no cabían los conceptos tristeza, odio o dolor, pues nadie había que se lo hubiese enseñado, ni nada había que se los pudiese afligir. Corrió entre saltos, gritos y risas y lagrimas de felicidad y volteretas entre las flores. ¿Cómo se llamaba aquello que sentía? En su cabeza resonó la palabra “felicidad” y decidió que era una palabra hermosa y que deseaba que designara aquella magnifica sensación.
Al cabo de horas dio con un camino  de tierra que cortaba la paradera como una enorme cicatriz cruza un rostro joven y hermoso.
Entonces sintió aburrimiento, llevaba horas andando, sin ver nada nuevo o hablar con nadie y de hecho ya se ponía el sol. El jubilo que antes había sentido fue desvaneciéndose y así, conoció el un nuevo concepto: “Soledad” y del mismo modo que sintió como “Felicidad” cobraba un sentido maravilloso, “Soledad” se hizo asfixiante e incomodo.
“Cuando yo desperté ¿No estaba amaneciendo?” Llevaba horas andando y no tenía sueño, ni sed, ni hambre, ni frio, ni calor, nada. El aburrimiento era lo único que parecía afectarle; al principio como una sencilla perturbación en la mente, después se apoderó de él y se transformó en ansiedad y la ansiedad en adrenalina. Comenzó a correr  como si su vida fuese en ello, pero no le faltaba el aire, ni sentía su cuerpo desvanecer a pesar del esfuerzo, podría pasarse así toda la vida.
“¿Qué me pasa?”                                                   
El júbilo llego de nuevo pero no iba junto a “Felicidad”
Tras mucho correr se encontró frente a una posada. Las paredes eran de piedra beige y el techo de paja muy compacta. Coronando la casa había una pequeña chimenea de piedra de la que salía humo y enredaderas con flores de colores decoraban las paredes. El espacio que separaba el inicial camino de tierra y la puerta de la posada estaba cubierto por un gracioso caminillo de piedrecitas. La puerta era de madera con una ventanita y coronada por un letrero ilegible. Las ventanas estaban divididas en cuatro cristales por dos tablones de madera e impidiendo  divisar el interior había cortinas amarillas con grandes lunares azules.
La puerta estaba abierta, pero nadie le esperaba dentro, nadie poblaba el gracioso edificio. El fuego ardía dentro del hueco para la chimenea y sobre él se calentaba un gran caldero lleno de estofado. Las habitaciones eran luminosas con aire coqueto y acogedor, amuebladas con una cómoda, una palangana para el agua, un silloncito, una cama y un armario.
“Coge lo que quieras, nadie te lo impedirá” Una voz dulce y maravillosa resonó por si cabeza. Era una voz femenina y calmante que consiguió tranquilizarle. Decidió seguir su consejo, comió, bebió y durmió. Efectivamente nadie se lo impidió, y de esa manera sintió lo que era el gusto por las cosas y agradecimiento, al igual que “jubilo” iba un poco de la mano con “felicidad” y así decidió que eran cosas buenas y que merecía la pena mantenerlas cerca.
La noche era placida, silenciosa y cálida, millones de estrellas brillaban en el cielo y la luna brillaba con su blanca sonrisa de rajita de melón.  Asomado a la ventana las admiró por primera vez, pues así era para él, no todos tienen la oportunidad de nacer. Conocía el funcionamiento de las cosas, razonaba, conocía las palabras, pero necesitaba analizar los sentimientos y etiquetarlos. Después los guardaba en tarritos de cristal y los almacenaba con mucho cuidado en las estanterías, por ahora estaba la estantería del bien, y la del mal.
Durmió o por lo menos así se lo pareció, era un descanso más bien, lo necesitaba más mentalmente que físicamente, no tenía necesidad de dormir, no sentía ninguna fatiga y no tubo atisbo alguno de sueños. Era consciente de forma imprecisa de todo lo que le rodeaba y al mismo tiempo sus parpados permanecían cerrados y su respiración era acompasada.
La mañana siguiente fue como la anterior, se sentó en una banqueta y buscó desesperadamente papel y lápiz, pero no fue capaz de encontrar. Finalmente reunió algo de comida, agua, ropa y mantas. Cargado con lo menos posible reanudó su camino y es que aunque la posada era agradable, no estaba hecha para ser un lugar fijo…

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