lunes, 25 de febrero de 2013

Capítulo 2



Por fin, la voz resonó en su cabeza y entonces supo lo que debía hacer. Durante tres días había estado completamente perdido. No había parado de andar, ni había comido, ni bebido. Entonces sintió abandono y desolación y decidió meterlos en la estantería mala. Eran muy pesados, le asfixiaba, le impedían andar cómodo, hacían que se tropezase y entonces se preguntó por qué no podría encontrar el dichoso tarro de “Felicidad”.  

Solo deseaba encontrarse a otra criatura que le hablase, que le dijese lo que tenía que hacer. Alguien que le orientase, pero nadie acudía a su encuentro. En la posada se había observado en un espejo y había decidido que le gustaba y entonces sintió orgullo. Era una sensación empalagosa y algo asfixiante, cuando la metió en el estante, el frasco empujó muy al fondo a los demás, y él había tenido que hacer un gran esfuerzo por mantener todos los botes bien visibles, porque todos aumentaban el frasco de felicidad. Decidió que “Felicidad” saldría de la estantería y se quedaría muy cerca de él, para impedir que ningún frasco de la parte “mal” se cayese por accidente y lo manchase todo.

“Te cruzaras finalmente con una mujer que guía a una mula encargada de empujar un enorme carro del que cuelgan todo tipo de objetos. Un par de niños mugrientos caminan a su lado armando jaleo y peleando”

Efectivamente, frente a él se hallaba dicha mujer, pero ahora, no sabía que decir, que hacer.

“Pide referencias…” Después vino el susurro inaudible característico y no tuvo más remedio que improvisar.

Cuando aquella voz le llegaba, sentía anhelo y al mismo tiempo una sensación extraña, y gratitud y muchas cosas más que no podía nombrar aun.

-Disculpe

La mujer se giró y le lanzó una mirada escudriñadora.

-¿Sabe donde hay gente? –La pregunta le sonó extraña, pero la mujer le miró como si fuese la cosa más razonable del mundo

-No, nadie lo sabe en realidad –Contestó con voz grave y algo ronca –Pero puede que algunos hipócritas aun resistan en palacio.

Aquella mujer desprendía una sensación un poco rara que no le gustó demasiado.  Sin embargo los niños desprendía felicidad y ella también lo hizo cuándo uno de ellos la abrazó con sus bracitos.

-¿A dónde vas? – Preguntó
-No lo sé.

Ella le miró curiosa.  Esa era una de esas sensaciones especiales que no eran ni de bien, ni de mal, ocupaban un tercer estante que no tenía nada que ver con el resto.

-¿Llevas comida?

Él se señaló el zurrón que había cogido de la posada.

-¿Y dinero? –Diciendo esto una sonrisa lobuna emergió entre sus labios.
¿Di-dinero?
-Veo que no, entonces ¿Solo tienes lo que llevas encima?–Entonces se echó hacia atrás y lanzo una fuerte carcajada.

No desprendía felicidad, no eran como las que él había lanzado hacía tiempo en la pradera, pero no tuvo tiempo de embotellarla y se escapó de sus manos demasiado rápido.

-Entonces camina recto, necesitas llegar a palacio.
-¿De verdad?
-Totalmente, yo debo alimentar a mis hijos –Dijo señalando a los pequeños  –Y no podré si tu vienes
-Pero ¿Por qué?
-Porque eres muy grande, apenas tenemos para nosotros. Por eso abandoné palacio. No había nada que hacer allí. La dama se marchó para buscar tierras nuevas, fértiles y placenteras. Nosotros creímos que podríamos aguantar sin ella, pero no pudimos; de modo que cuándo nos llegó su primera misiva, muchos la siguieron. Aseguraba haber encontrado una tierra nueva, recién creada, sus parajes estaban intactos y de hecho necesitaban de nuestra presencia.
-¿Por qué? –La interrumpió -¿Por qué necesitan de vuestra presencia?
-Porque de lo contrario desaparecen y nunca más vuelven a mostrarse y nosotros no podíamos seguir aquí.
-¿Por qué?
-Porque no podíamos mantenernos con lo que estas tierras nos ofrecían. Nuestros hijos no crecían lo suficiente, nuestros animales no podían abastecernos. No eran buenos tiempos. Aun así algunos se quedaron
-¿Por qué?

Por responsabilidad. Después se serenó todo, en palacio la situación es cómoda y agradable, tienen todo lo necesario, es su recompensa por mantenerse fieles a la dama. En palacio está su hogar y ellos se sienten responsables de este y allí se quedaran. Jamás podrá decir la dama que no tiene a donde ir, pues su casa, su verdadera casa la espera. En mi opinión, no volverá, ellos se quedaran ahí hasta que no quede nadie, habiendo muerto todos y después el palacio desaparecerá y san se acabo.

-Pero, ella se fue; sabiendo que eso podía pasar, es su casa ¿Por qué lo hizo?
-Por responsabilidad, nos debía un nuevo hogar, el anterior no podía con todos nosotros. Pero ahora todo está bien, hay un equilibrio tanto aquí como allí
-¿Y por qué te vas?
-Nuevas oportunidades ya sabes me dedico a… Yo soy partera, -Dijo rápidamente –Si eso, viajo al nuevo mundo para ayudar a que nazcan los nuevos niños, ellos me necesitan y yo iré.
-Sin embargo, yo creo que nací hace poco y tú no estabas.
-No puedes haber nacido hace poco.
-Lo he hecho
-¿Acaso recuerdas el momento, tu madre, el dolor y la alegría de verte, su calor, su fuerza, tu espíritu asentándose?
-No hubo nada de eso
-¡Pues claro que lo hubo!
-No, yo desperté solo en la pradera y mi cuerpo era nuevo, mi mente nueva y nada recordaba, pues nada había que recordar.
-Eso es distinto, no es un nacimiento, estoy segura.
-¿Por qué?
-Yo no lo sé –Admitió ella –Pero he visto muchos nacimientos, todos somos chiquitos y no hablamos y tú hablas, no razonan y tú lo haces. Quizás es  que estas hechizado.
-¿Por qué?
-Tampoco lo sé, es un presentimiento. Dime ¿Cómo te llamas?

Entonces se quedó en blanco ¿Cómo se suponía que debía llamarse?

-No me llamo
-Debes tener un nombre –Y al ver su mirada negativa se puso a gritar -¡Pero todo tiene nombre! Las flores son flores y se llaman flores porque alguien dijo que era un nombre hermoso y los demás estuvieron de acuerdo, lo mismo pasa con las nubes, el cielo, la tierra, el mar o la hierva. Todo tiene nombre para que así podamos hablar de ello. Yo me llamo Valania y mis hijos Pitt y Brodor
-No tengo nombre –Dijo él pensativo, luego no puedes hablar de mí, entonces nadie sabe de mi existencia, luego no existo.
-Y eso no siempre es bueno –Finalizó ella.
-Dame un nombre. Tú has ayudado a personas a nacer, has puesto nombres ¿Por qué no me das uno?
-Por responsabilidad –Al ver la su cara inquisitiva ella explicó –Es un sentimiento extraño, pero muy importante. La responsabilidad conlleva obligación y viceversa. Si te pongo nombre seré responsable de tu existencia y por lo tanto de ayudarte a existir; pero ya tengo muchas responsabilidades. Aunque lo desee, no puedo hacerlo, tenemos un cupo máximo de responsabilidades.
-¿Y qué pasa si lo superas?
-Pues que todo se te viene encima y no puedes cumplir las obligaciones, y al no hacerlo viene la infelicidad.
-De modo que es un mal sentimiento.
-Yo lo calificaría un sentimiento de transición. Si eres responsable, cumples tu obligación y si cumples tu obligación eres muy feliz. Si por otro lado no eres responsable, no cumples tu obligación, entonces no eres feliz. El mundo se rige por obligaciones, es decir, por responsabilidad.

Él asintió y se puso a meditar. Ahora tenía un nuevo estante, el de los sentimientos de transición. Allí colocó a la responsabilidad. Después se puso a pensar, la curiosidad también iría en ese estante; porque las respuestas a las preguntas no siempre eran satisfactorias, luego no siempre producían felicidad.

1 comentario:

  1. Hola, Ana.
    ¡Por fin me he leído el segundo capítulo! Y decirte que me ha encantado. Es un poco extraño pero ese toque, hace que sea bonito y curioso. Sobretodo lo de los botes, me parece "raro" (en el buen sentido), nunca antes había leído algo así y tú me estás sorprendiendo, incluso reflexionando sobre dónde pondría yo los sentimientos. Bueno que espero más :)
    Muchos besos

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