-… igual que
los sueños.
Suavemente
Jimena cerró el cuaderno. Por unos instantes se sintió estúpida, Oscar no
despertaría porque ella le leyese las aventuras de un personaje ficticio; pero
estaba desesperada. Se sentía inútil en aquel lugar, viendo como su vida
pasaba, como el verano inundaba todos los huecos y daba por terminado su primer
año en la carrera de medicina. Todos en el mundo debían cumplir una función y
ella se había propuesto despertarle como fuese. Según la abuela, ese tipo de
sueños no eran eternos, siempre y cuando la gente supiese tocar el botón
exacto.
La puerta se
abrió levemente detrás de ella y la luz artificial del pasillo inundó la
habitación. Un joven de unos veinticinco entró sigilosamente y carraspeó
nervioso al ver la figura de Jimena ocupando el lugar que le correspondía.
-Disculpa –Dijo
finalmente –Veras tengo que revisar a este paciente y no puedo hacerlo si no te apartas –Explicó
con toda la suavidad que le fue posible.
La muchacha
se apartó sigilosamente y se colocó en una esquinita, de aquella manera era
imposible molestarle más que un fantasma de los que circulaban por el hospital.
-¿Puedo
preguntarte algo personal? –Preguntó el chico -¿Qué lazos te unen con… -Y acto
seguido miró sus notas –Oscar Fuentes?
-Soy Jimena,
su hermana.
-Perfecto. Veras,
de haber sido su novia o algo por el estilo, tendría que haberte pedido
amablemente que te fueras a hacer puñetas.
Jimena tragó
en seco, pero no se atrevió a abrir la boca.
-Pero sé lo
que es tener un familiar cercano en este estado –Prosiguió –Y me cuesta mucho
aguantar a todas esas niñatas pijas que lloran durante tres días al enfermo y
después se olvidan como si no fuese para nada con ellas.
-¿Hay
muchas? –Preguntó Jimena –Novias de esas digo.
-Pues te
sorprendería, la verdad, una media de tres por cada paciente joven –Admitió él
–La novia, la amante y la acosadora, e incluso estas últimas se olvidan.
El doctor
comenzó con su revisión, Jimena se sabía los pasos de memoria, siempre eran los
mismos. Una vez acabado el chico se volvió, en su mirada podía leerse de sobra
lo que pensaba “Es cuestión de tiempo que este chico se despierte”. El caso es
que no lo dijo en voz alta, muchas veces las palabras que ya conocemos, tienen
la capacidad de clavarse en el alma y desgárrala, hacerla jirones hasta que no
quedan más que unos hilos sueltos. Sus oídos no querían más palabras de
aquellas, no querían más agujeros en el alma. En los ojos de chico se leía
todo, o quizás ella se había acostumbrado a leer las miradas para entender el
tras fondo de las frases vagas e innecesarias que suelen decir los médicos.
En todo caso
ella se sentó junto a su hermano y le tomó la mano con delicadeza. Tenía que
despertar, pero no podía, algo no quería que él volviese junto a ella.
-Lo siento
–Murmuró –No me acostumbro a esto.
El chico no
hablo, pero se colocó tras ella y le puso la mano en el hombro. Jimena no se
apartó aunque fue su primer impulso, por lo general sabía que los médicos no se
involucraban tanto en los asuntos sentimentales de sus pacientes.
Finalmente
se giró en redondo y abrió la puerta para marcharse. Ella no deseaba que se
marchase, tenía cosas que preguntarle.
-Eres nuevo
¿No? –Aunque Jimena solía hablar a los desconocidos de Usted, le parecía raro
hacerlo con un chico apenas tres años mayor que ella.
-Sí, supongo
que sí.
-¿Y dónde
está? El doctor habitual de mi hermano quiero decir.
-Creo que en
cuidados intensivos, recién operado de una fractura de cadera. Están
mayorcitos.
Y dicho esto
se marchó dejándola sola. A partir de ese momento él cuidaría de Oscar, él se
encargaría de luchar por traerle de nuevo y entonces ella cayó en la cuenta de
que aun no conocía ni su nombre.
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